/ viernes 6 de noviembre de 2020

"Si se trata de comer, siempre proveerán los semáforos", así la pobreza en Tabasco

Jóvenes sin trabajo formal van a las calles a ganarse el pan de cada día

Tabasco.- Son las 10:34 de la mañana. En el semáforo en el cruce de Prolongación de Paseo Usumacinta y Perfiérico, ubicado en el corazón financiero y comercial de Villahermosa, Tabasco, el payasito Wuilly Safu y su compañero el payaso Chaparrín, ejecutan su acto diario: la supervivencia.

Y es que ante las precarias condiciones en las que se encuentra sumido el estado debido a la pandemia por Covid-19, y a la reciente inundación causada por las lluvias y el presunto mal manejo de presas del Alto Grijalva, los cruceros viales se han convertido en verdaderas fuentes de subsistencia para decenas de familias, quienes han sufrido los embates del desempleo, ocasionando elevados niveles de pobreza alimentaria.

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"Me dedico a esto desde muy joven. Debido a la pandemia nos las hemos visto muy difíciles, y por eso ahora estamos aquí, en el semáforo. La gente aporta y hasta ahorita nos sigue ayudando, y pues de eso nos mantenemos, pero llegó el tiempo en que hasta tuve que solicitar despensas para nuestros hermanos payasos, porque las cosas se pusieron muy mal..." cuenta Wuilly, cuyo verdadero nombre es Alejandro Hernández Ramón, de 23 años de edad.

Su compañero y primo el Payaso Chaparrín, Ángel Cristian Morales Pérez, hace comedia porque es lo que más le gusta, con lo cual mantiene a su familia, en especial a su pequeño de cinco años de edad.

"A los tabasqueños les gusta la garulla; en el crucero siempre trato de llamar la atención con malabares, trucos de magia y otros actos breves", señala.

Foto: Luis Iván Sánchez | El Heraldo de Tabasco

La luz del semáforo cambia a rojo. Para ellos, es la señal. Sólo tienen dos minutos para realizar su rutina y luego pasar el sombrero a los automovilistas. El primero en tomar turno es Wuilly Safu. Coloca dos tablas y en medio de ellas un cilindro. Hace malabares mientras mantiene el equilibrio. Falla un par de veces. Pánico escénico, tal vez.

Cuando termina, poco antes de que la luz vuelva a cambiar, ahora a verde, Wuilly agradece y luego se sumerge entre las filas de automóviles que esperan el momento de avanzar. Algunos cristales bajan y las manos anónimas depositan algunas monedas. Momentos después, es el turno de Chaparrín. Más tarde explicará la mecánica de trabajo: un turno cada uno, y luego uno compartido, en el que hacen malabares en conjunto. La ganancia del acto individual es para cada uno; la del acto a dúo se comparte.

Trabajando de siete a diez de la mañana, pueden obtener entre 250 y 350 pesos cada uno. Hay días con más suerte, señalan.

"Antes de la pandemia nos iba mejor en los shows que hacemos en evento de fin de semana. Pero luego vino la cuarentena y todo cambió. Han sido días muy complicados para todos", afirman.

Foto: Luis Iván Sánchez | El Heraldo de Tabasco

Ambos pertenecen a una familia de artistas circenses callejeros. Viven en Villa Las Flores, una colonia ubicada al oriente de la ciudad.

Una vez en su hogar, en una calle sin pavimentación y llena de hoyancos y charcos a raíz de las recientes lluvias, Wuilly cuenta a detalle su lucha diaria por llevar el pan a su mesa, a pesar de las dificultades por las que ha atravesado. Ahí vive junto con su esposa Catherine Paola.

Antes de entrar, se lava minuciosamente las manos y también lava la bolsa de morralla que ha ganado durante la mañana.

"Como no se podía salir a trabajar, un tío mío compró una tonelada de bultos de maíz y me dediqué a venderlos... con eso nos mantuvimos. Ahora que llovió, debido a la inundación, era más difícil completar para la comida... Afortunadamente, con muchos esfuerzos, pude comprar un puesto ambulante, para completar el gasto familiar y así poder llevar alimentos hasta nuestra mesa".

Detalla que en las mañanas sale a trabajar al semáforo y por las noches él y su esposa tienen un puesto de hotdogs y hamburguesas.

Se trata de una pareja muy joven pero ya tienen dos hijos; el niño tiene dos años y la pequeña, nacida durante el periodo pandémico, apenas cuatro meses.

Foto: Luis Iván Sánchez | El Heraldo de Tabasco

En la cocina, sobre la barra de mosaico, hay un kilo de piezas de pollo, una plasta de pozol, dos envases de leche, y algunas verduras que servirán para preparar la comida, en lo cual se ha gastado cerca de 120 pesos.

Contrario a lo que pudiera pensarse, el dinero no escasea pero deben trabajar duro para ganarlo. La morralla va y viene y parece ser el distintivo de toda la familia de cómicos circenses: todos traen morralla, incluyendo otro pariente que pasa a saludar de camino a arreglar su monociclo. Lo que le van a cobrar por arreglar las masas de las ruedas viene envuelto en un pañuelo. Son puños de monedas.

Colgado de la pared cerca de la mesa donde la familia se sienta a ingerir sus alimentos, se encuentra un cromo de un Cristo pensativo, enmarcado y con el título "Quejas de Dios": "Yo soy el camino y no me buscas... te hago rico y te corrompes... te hago pobre y me maldices".

La esposa de Wuilly Safu, Catherine, narra la manera en que se conocieron:

"Cuando nos hicimos novios yo no sabía que él era payaso, y él no sabía que yo era hondureña. Hasta que me junté con él, lo supe. Él estudiaba enfermería cuando yo lo conocí. Yo estaba estudiando belleza aquí en México, y cuando me junté con él seguí estudiando un poco más, pero luego ya no porque se nos hacía muy caro y no nos alcanzaba el dinero. Y como soy hondureña y no tenía papeles, a mí me cobraban más... Me vine a México hace 8 años, junto con mis papás.

Foto: Luis Iván Sánchez | El Heraldo de Tabasco

La joven mujer prepara los alimentos mientras cuenta su historia. Se apena un poco de ser videograbada mientras pone a hervir agua, revuelve los huevos y lava algunos trastes.

"Allá en Honduras una pandilla quería que mi familia trabajara con ellos, pero nunca quisimos. Para evitar problemas nos venimos para acá, a México. No vivíamos bien allá en mi país. Y acá, gracias a Dios nos fue bien. Mi papá es maestro albañil. Mi mamá cuida a una señora. Mi hermano mayor se casó, ya está legalmente aquí, y se dedica a reparar climas. Mi hermana mayor se fue a Estados Unidos. Y yo me dedico a la venta de maquillaje y zapatos. Es un negocio que empecé en la pandemia porque necesitábamos el dinero. Ahorita ya no seguí porque hubo mucha gente que me quedó a deber, hay gente que hasta me bloqueó para no pagarme", dice entre divertida y desilusionada.

Wuilly, por su parte, presume sus logros en los concursos de payasos. Hay sencillos diplomas colgados de las paredes. "Primer lugar de pintacaritas", "Tercer lugar en maquillaje y vestuario", "Segundo lugar en actuación individual".

Su esposa sirve la comida, consistente en huevos revueltos con chorizo, tortillas, frijoles y agua de jamáica.

"Lo que más me gusta de ser payaso es la gente. Ver a las personas, hacerlas reír, sentir cuando te aplauden y se divierten", dice.

Wuilly mantiene la esperanza de pronto volver a trabajar en shows de fin de semana, para ganar un poco más de dinero. Sin embargo, el show callejero no lo ha defraudado nunca, ni siquiera cuando las cosas se ponen más que difíciles.

"Si se trata de comer, de sobrevivir, de salir adelante a como sea, siempre tenemos los semáforos. De ahí vengo, y ahí regresé", finaliza el payaso.

Tabasco.- Son las 10:34 de la mañana. En el semáforo en el cruce de Prolongación de Paseo Usumacinta y Perfiérico, ubicado en el corazón financiero y comercial de Villahermosa, Tabasco, el payasito Wuilly Safu y su compañero el payaso Chaparrín, ejecutan su acto diario: la supervivencia.

Y es que ante las precarias condiciones en las que se encuentra sumido el estado debido a la pandemia por Covid-19, y a la reciente inundación causada por las lluvias y el presunto mal manejo de presas del Alto Grijalva, los cruceros viales se han convertido en verdaderas fuentes de subsistencia para decenas de familias, quienes han sufrido los embates del desempleo, ocasionando elevados niveles de pobreza alimentaria.

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"Me dedico a esto desde muy joven. Debido a la pandemia nos las hemos visto muy difíciles, y por eso ahora estamos aquí, en el semáforo. La gente aporta y hasta ahorita nos sigue ayudando, y pues de eso nos mantenemos, pero llegó el tiempo en que hasta tuve que solicitar despensas para nuestros hermanos payasos, porque las cosas se pusieron muy mal..." cuenta Wuilly, cuyo verdadero nombre es Alejandro Hernández Ramón, de 23 años de edad.

Su compañero y primo el Payaso Chaparrín, Ángel Cristian Morales Pérez, hace comedia porque es lo que más le gusta, con lo cual mantiene a su familia, en especial a su pequeño de cinco años de edad.

"A los tabasqueños les gusta la garulla; en el crucero siempre trato de llamar la atención con malabares, trucos de magia y otros actos breves", señala.

Foto: Luis Iván Sánchez | El Heraldo de Tabasco

La luz del semáforo cambia a rojo. Para ellos, es la señal. Sólo tienen dos minutos para realizar su rutina y luego pasar el sombrero a los automovilistas. El primero en tomar turno es Wuilly Safu. Coloca dos tablas y en medio de ellas un cilindro. Hace malabares mientras mantiene el equilibrio. Falla un par de veces. Pánico escénico, tal vez.

Cuando termina, poco antes de que la luz vuelva a cambiar, ahora a verde, Wuilly agradece y luego se sumerge entre las filas de automóviles que esperan el momento de avanzar. Algunos cristales bajan y las manos anónimas depositan algunas monedas. Momentos después, es el turno de Chaparrín. Más tarde explicará la mecánica de trabajo: un turno cada uno, y luego uno compartido, en el que hacen malabares en conjunto. La ganancia del acto individual es para cada uno; la del acto a dúo se comparte.

Trabajando de siete a diez de la mañana, pueden obtener entre 250 y 350 pesos cada uno. Hay días con más suerte, señalan.

"Antes de la pandemia nos iba mejor en los shows que hacemos en evento de fin de semana. Pero luego vino la cuarentena y todo cambió. Han sido días muy complicados para todos", afirman.

Foto: Luis Iván Sánchez | El Heraldo de Tabasco

Ambos pertenecen a una familia de artistas circenses callejeros. Viven en Villa Las Flores, una colonia ubicada al oriente de la ciudad.

Una vez en su hogar, en una calle sin pavimentación y llena de hoyancos y charcos a raíz de las recientes lluvias, Wuilly cuenta a detalle su lucha diaria por llevar el pan a su mesa, a pesar de las dificultades por las que ha atravesado. Ahí vive junto con su esposa Catherine Paola.

Antes de entrar, se lava minuciosamente las manos y también lava la bolsa de morralla que ha ganado durante la mañana.

"Como no se podía salir a trabajar, un tío mío compró una tonelada de bultos de maíz y me dediqué a venderlos... con eso nos mantuvimos. Ahora que llovió, debido a la inundación, era más difícil completar para la comida... Afortunadamente, con muchos esfuerzos, pude comprar un puesto ambulante, para completar el gasto familiar y así poder llevar alimentos hasta nuestra mesa".

Detalla que en las mañanas sale a trabajar al semáforo y por las noches él y su esposa tienen un puesto de hotdogs y hamburguesas.

Se trata de una pareja muy joven pero ya tienen dos hijos; el niño tiene dos años y la pequeña, nacida durante el periodo pandémico, apenas cuatro meses.

Foto: Luis Iván Sánchez | El Heraldo de Tabasco

En la cocina, sobre la barra de mosaico, hay un kilo de piezas de pollo, una plasta de pozol, dos envases de leche, y algunas verduras que servirán para preparar la comida, en lo cual se ha gastado cerca de 120 pesos.

Contrario a lo que pudiera pensarse, el dinero no escasea pero deben trabajar duro para ganarlo. La morralla va y viene y parece ser el distintivo de toda la familia de cómicos circenses: todos traen morralla, incluyendo otro pariente que pasa a saludar de camino a arreglar su monociclo. Lo que le van a cobrar por arreglar las masas de las ruedas viene envuelto en un pañuelo. Son puños de monedas.

Colgado de la pared cerca de la mesa donde la familia se sienta a ingerir sus alimentos, se encuentra un cromo de un Cristo pensativo, enmarcado y con el título "Quejas de Dios": "Yo soy el camino y no me buscas... te hago rico y te corrompes... te hago pobre y me maldices".

La esposa de Wuilly Safu, Catherine, narra la manera en que se conocieron:

"Cuando nos hicimos novios yo no sabía que él era payaso, y él no sabía que yo era hondureña. Hasta que me junté con él, lo supe. Él estudiaba enfermería cuando yo lo conocí. Yo estaba estudiando belleza aquí en México, y cuando me junté con él seguí estudiando un poco más, pero luego ya no porque se nos hacía muy caro y no nos alcanzaba el dinero. Y como soy hondureña y no tenía papeles, a mí me cobraban más... Me vine a México hace 8 años, junto con mis papás.

Foto: Luis Iván Sánchez | El Heraldo de Tabasco

La joven mujer prepara los alimentos mientras cuenta su historia. Se apena un poco de ser videograbada mientras pone a hervir agua, revuelve los huevos y lava algunos trastes.

"Allá en Honduras una pandilla quería que mi familia trabajara con ellos, pero nunca quisimos. Para evitar problemas nos venimos para acá, a México. No vivíamos bien allá en mi país. Y acá, gracias a Dios nos fue bien. Mi papá es maestro albañil. Mi mamá cuida a una señora. Mi hermano mayor se casó, ya está legalmente aquí, y se dedica a reparar climas. Mi hermana mayor se fue a Estados Unidos. Y yo me dedico a la venta de maquillaje y zapatos. Es un negocio que empecé en la pandemia porque necesitábamos el dinero. Ahorita ya no seguí porque hubo mucha gente que me quedó a deber, hay gente que hasta me bloqueó para no pagarme", dice entre divertida y desilusionada.

Wuilly, por su parte, presume sus logros en los concursos de payasos. Hay sencillos diplomas colgados de las paredes. "Primer lugar de pintacaritas", "Tercer lugar en maquillaje y vestuario", "Segundo lugar en actuación individual".

Su esposa sirve la comida, consistente en huevos revueltos con chorizo, tortillas, frijoles y agua de jamáica.

"Lo que más me gusta de ser payaso es la gente. Ver a las personas, hacerlas reír, sentir cuando te aplauden y se divierten", dice.

Wuilly mantiene la esperanza de pronto volver a trabajar en shows de fin de semana, para ganar un poco más de dinero. Sin embargo, el show callejero no lo ha defraudado nunca, ni siquiera cuando las cosas se ponen más que difíciles.

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