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Una opción de vida o muerte para Erdogan

  • Carlos Siula / CORRESPONSAL
  • en Mundo

PARÍS, Francia. Hay una ínfima posibilidad, pero la esperanza existe: Recep Tayyip Erdogan puede perder la elección presidencial de Turquía. Las encuestas le atribuyen entre 39% y 43% de los votos en la primera vuelta de la consulta, prevista para hoy (domingo), contra 26% a 30% para el candidato opositor Muharrem Imce, del Partido Republicano del Pueblo (CHP).

Si se cumple esa previsión, todo es posible porque Erdogan se quedará sin reservas de sufragios para el balotaje del 8 de julio. En la oposición, por el contrario, los cuatro partidos principales –apoyado por los kurdos– llegaron a un compromiso para respaldar al candidato más votado en la primera vuelta. En ese caso, Imce podría llegar al 50% de los sufragios.

Para evitar una humillante derrota, Erdogan “está decidido a emplear todos los medios necesarios”, asegura Henri J. Barkey en Foreign Policy. El gobierno, afirma, prepara un fraude masivo, sabiendo que nadie está en condiciones de impedirlo: en los últimos dos años, desde el putsch del 15 de julio de 2016, el régimen desmanteló la justicia, la policía y el Supremo Tribunal Electoral, encarceló a los opositores, amordazó a la prensa, tomó el control de todos los medios del país y modificó la ley electoral.

Para el reis (jefe), como lo llaman sus partidarios, se trata de una opción de vida o muerte. Gracias a la reforma constitucional -aprobada en 2017 en un referéndum salpicado de irregularidades-, si obtiene la reelección tendrá poderes casi absolutos para imponer su voluntad sin resistencias. En la práctica, se convertirá en un sultán del siglo XXI. La condición es que primero también debe ganar las elecciones legislativas, que se desarrollarán el mismo día a una sola vuelta. Si pierde la mayoría absoluta en el Parlamento, le resultará muy difícil crear una red de sustentación que le permita seguir gobernando por otros 15 o 20 años.

Los resultados de la consulta legislativa, por otra parte, condicionarán en gran medida el comportamiento de los electores en el balotaje del 8 de julio.

Alarmado por la evolución de la campaña, Erdogan pierde el control de los nervios con frecuencia. En un mismo día, comparó a su principal rival con Hitler y calificó de “terrorista” al candidato del partido pro-kurdo, Selahattin Demirtas, detenido desde hace 19 meses, que realiza campaña desde la cárcel. También afirmó que quienes lo voten a él solo para presidente, pero elijan a un opositor en la elección legislativa, serán considerados como “munafiq”, término reservado a los infieles que se proclaman musulmanes.

En el poder desde 2003 como primer ministro o presidente, Erdogan tiene justificados motivos para inquietarse por los resultados del próximo domingo. Después de ganar la elección presidencial de 2014 con apenas 51.8% de votos y el referéndum de 2017 con 51.4%, no es seguro que esta vez el fraude le alcance para compensar el profundo malestar que existe en la sociedad.

Por primera vez en 15 años, se encuentra frente a candidato opositor que suscita un enorme entusiasmo popular. El socialdemócrata Muharrem Imce no es un desconocido. Para sus partidarios, su nombre encierra la promesa de una derrota de Erdogan: Imce significa “fin”.

Como parlamentario del CHP -el viejo partido de Mustafá Kemal Ataturk, el padre de la Turquía moderna-, se convirtió en uno de los pocos dirigentes con suficiente coraje y talento como para discutir de igual a igual con Erdogan. Por eso el presidente se negó a aceptar un debate por televisión.

Nacido en 1964 en una familia de agricultores en un pequeño pueblo a orillas del mar de Mármara, Ince es igualmente capaz de hablarle con simpleza al electorado popular o de citar al poeta Nazim Hikmet en los actos de las grandes ciudades. “La mar más hermosa es aquella que aún no conocemos”, le propuso hace unos días a una multitud ávida de justicia y libertad en un país que desde el putsch de 2016 se convirtió en una democratura implacable.

En estos dos años, 36 mil personas circularon por las cárceles del régimen, en las cuales aún permanecen 13 mil detenidos. El gobierno también confiscó los pasaportes de 75 mil personas, y licenció 110 mil militares, profesores universitarios, docentes, policías y funcionarios públicos. Además, envió a prisión 167 periodistas y cerró 156 órganos de prensa.

Turquía ocupa actualmente el 155° lugar, sobre 180, en el ranking de la libertad de prensa de Reporteros sin Frontera (RSF).

Después de obtener el apoyo de los nacionalistas, que eran uno de los baluartes del régimen, Ince también se atrevió a desafiar a Erdogan en el delicado terreno de la religión en un país donde 85% de los 83 millones de habitantes practica el islam. “No son ellos (los islamo-conservadores en el poder) quienes van a enseñarnos qué es el islam. Nosotros somos tan musulmanes como ellos”, comentó en un acto político.

Las encuestas demuestran que una parte de la población se considera asfixiada por la creciente presión del integrismo religioso lanzada por el régimen hace una década. La fibra nacionalista de la opinión pública también se extinguió cuando comprendió los bajos motivos electoralistas que inspiraron la ofensiva contra los kurdos y la intervención directa en el conflicto sirio.

La opinión pública es insensible a esas contorsiones geopolíticas, tanto en el Oriente Medio como a la alianza que tejió en los últimos años con el líder ruso Vladimir Putin. “La sociedad turca ha comenzado a reflexionar con el bolsillo”, asegura Atilla Yesilada, analista de la consultora Global Source Partners.

Uno de los principales argumentos de Erdogan consiste en afirmar que en sus 15 años de gobierno, el país se ha convertido en un gigante de primer orden. Turquía es la 18ª potencia económica mundial, con baja tasa de pobreza (2.3% de la población contra 6.8% en 2008), un nivel de alfabetización de 98.2% de la población menor de 25 años, un desempleo de 10.6% de la población activa y un ingreso anual de 10 mil 434 dólares per cápita, según estadísticas del FMI.

En los últimos años, Erdogan lanzó un ambicioso programa de obras públicas, que permitió construir carreteras, puentes, aeropuertos, túneles… y un suntuoso nuevo palacio presidencial -de lujo imperial- que costó entre 600 y mil millones de dólares, según las diferentes estimaciones.

Ese panorama es, sin embargo, un espejismo. Financiado a crédito, ese frenesí promovió una fuerte recuperación de 7.4% en 2017 tras el pico recesivo de -2.6% en el tercer trimestre de 2016, según la oficina nacional de estadísticas Tüik. Pero, no alcanzó a ocultar las dificultades de la economía: la inflación subió a 12.1% -algunos economistas estiman que la cifra real es superior-, la deuda pública aumentó de 39% del PIB en 2012 a 58% en 2017, y disparó el endeudamiento del sector privado –contraído en divisas extranjeras– lo que aumentó enormemente su vulnerabilidad. También fragilizó al Estado, que garantizó los créditos a las PME en 60 mil millones de euros.

Esos riesgos se multiplicaron con el derrumbe de la lira turca. En mayo, el Banco Central tuvo que aumentar dos veces las tasas para contener la erosión de la moneda turca, que en un año perdió 30% de su valor. "Si la lira se sigue devaluando, puede provocar una estampida del capital extranjero", advierte Erdal Yalcin, profesor de economía en la universidad de Constanza.

Las agencias de rating S&P y Moody’s, que parecen compartir ese temor, rebajaron la calificación de Turquía a "BB-".

“La represión, la crisis económica y los exabruptos de Erdogan en la campaña polarizaron la elección”, afirma Omer Taspinar del Brookings Institute. “Una parte de la sociedad -asegura- considera que llegó el momento de decir tamam (basta)”.

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