/ sábado 27 de noviembre de 2021

Por violencia en Michoacán, sacerdotes tienen que tomar las armas

Los sacerdotes de los municipios más conflictivos del estado tuvieron que volverse activistas contra la violencia en sus ciudades

Morelia, Mich (OEM-Infomex).- Al primer balazo la adrenalina se activó en el cuerpo. El padre Javier Cortés se encontraba celebrando misa en una comunidad del municipio de Tepalcatepec cuando un enfrentamiento entre cárteles del crimen organizado comenzó a las afueras de la capilla. Los niños lloraban confundidos, las mujeres corrían tratando de escapar y los gritos desesperados rebotaban entre los muros. En medio del altar, el clérigo trataba de calmar la situación a través de las palabras: “Si salen es peor, estamos más seguros aquí”. La realidad, es que en su interior también había temor y el hervor en la sangre era incontrolable.

Ser sacerdote en Michoacán no se parece en nada a serlo en cualquier otra parte del país. Javier Cortés nació y creció en Coalcomán. Fue ahí, dice, donde aprendió desde niño a controlar el miedo, cuando saliendo del colegio corría hacia los campos y observaba a la distancia cómo se daba el intercambio de dinero por marihuana.

Desde hace cinco años cumple con sus obligaciones pastorales en el municipio de Tepalcatepec, territorio marcado por el narcotráfico, la violencia y los desplazamientos forzados. Con todo y sus particularidades, reconoce que cuando se le envió a esta zona del estado nunca se imaginó que su activismo social tendría que trascender más allá de atender enfermos y a personas con necesidades económicas.

“Era imposible visualizarlo así. Antes acá, hace 38 años, los grupos eran distintos. Sabíamos quiénes llevaban droga, pero eran tipos que no se metían con nadie si tú no lo hacías. Esta situación ya es demasiado, es desalentador en el sentido de que no vemos una solución”.

Ahora mismo, en la demarcación el Ejército se ubica en cuatro puntos estratégicos, lo que ha permitido que cesen los enfrentamientos. Se trata de una tensa calma. Hace unos meses el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) intentó amedrentar a los pobladores con ataques perpetrados con drones y lo consiguieron: los desplazados no han podido retornar a las comunidades más lejanas.

Mientras la incertidumbre reina por la región al no saber cuánto tiempo el Estado estará haciendo presencia con sus cuerpos de seguridad, Javier Cortés explica que su misión seguirá siendo la de ayudar. Su papel como gente de la Iglesia está focalizado a acercarse a aquel que perdió sus tierras, sus animales y a acompañar cuando el dolor y la muerte regresen al municipio

En lo inmediato, comparte que comenzará con una nueva colecta de despensas y ropa. También le gusta pensar en que llegará el día en que las comunidades se van a hermanar como nunca gracias a un pasado negro que se fue. Le gusta la palabra "futuro".

Yo no soy bueno para esto

El padre Jorge Luis Martínez advierte que hilar ideas no es lo suyo. En un tono de sinceridad e incredulidad, comparte que jamás se imaginó dar entrevistas a periodistas, salir en televisión y mucho menos hacer gestiones ante autoridades gubernamentales.

“Pero alguien tenía que hacerlo”, expresa como dando a entender que no había más opciones. Hace cuatro años que ofrece sus servicios espirituales en Coalcomán. A su llegada, se encontró con crueldad e injusticia.

Las actividades de Jorge Luis inician temprano para poder cumplir con las responsabilidades pastorales. En medio de sus tareas cotidianas, se ha dado el espacio para entablar diálogo con las autoridades y poder manifestarles las necesidades de la comunidad. Lo que sigue es lo de siempre: tristeza, angustia, coraje y decepción.

“Siempre nos dicen que tengamos paciencia y al final no hacen nada. Es una angustia tremenda ver que lo que nos prometen nunca se lleva a cabo, solamente parece que nos escuchan, pero en realidad sólo se trata de atole con el dedo”.

Foto: Rodrigo Caballero | El Sol de Morelia

Ser sacerdote en Michoacán también implica conocer cómo operan los grupos delincuenciales y detectar los daños colaterales que se generan. En la zona de Tierra Caliente la palabra "estabilidad" es frágil y engañosa. Hace algunas semanas que Coalcomán ya no aparece en las portadas de los diarios nacionales, pero para Jorge Luis eso no significa nada.

Recientemente una corporación bancaria decidió retirarse del municipio y para el Padre eso solamente puede tener una lectura: “Quiere decir que vivimos en una situación insana, donde no se prevé una solución al corto plazo y por ello se vuelve insostenible mantener una sucursal”.

Jorge Luis Martínez insiste en que él no es bueno para ser activista social, lo suyo, argumenta, fue un accidente provocado por la inexplicable violencia de la región. Pero esa aceptación no se traduce en un abandono. Relata que él no acude a las comunidades a llevar propuestas como lo hacen los gobiernos en turnos. Si va, aclara, es para acompañar. En este proceso, se enorgullece de haber aprendido lo que se puede lograr cuando se escucha al de enfrente.

Lo que nos queda

Gilberto Vergara se ordenó como sacerdote en el año 2001 en el municipio de Apatzingán y desde entonces ya sabía que su diócesis era de las más complejas de Michoacán. El camino no sería sencillo. Pronto comprobaría sus predicciones, cuando fue enviado a Tumbiscatío, justo en la época en que Servando Gómez, alias La Tuta, imponía su reino templario.

Por aquellos años, tenía claro el mapa delincuencial que operaba en la Tierra Caliente, así como la siembra indiscriminada de marihuana que poblaba la sierra michoacana. Era cosa de tiempo para que los grupos del crimen organizado explotaran y también era cosa de tiempo para que el Padre Gil se convirtiera en un activista obligado.

En enero del 2022 cumplirá tres años estando al frente de la parroquia de Aguililla, municipio al que identificó desde su llegada como zona de conflicto y violencia; pero también de gente trabajadora que se las busca todos los días para trata de salir adelante, o eso que llaman sobrevivir.

Foto: Iván Arias | El Sol de Morelia

“Yo me imaginé al ordenarme que tenía que enfrentar los problemas de cada lugar y conforme fue avanzando los años, supe que es lo que se debe hacer. Hago lo que me toca, más allá no se puede, como sacerdote nos toca ver por las personas, pues aunque ciertamente nuestro oficio es estar dedicado a la cura de almas, esto también tiene que ver mucho con el bienestar de las comunidades”.

Para Aguililla, este año ha sido el resumen de todo lo negativo que ya se venía arrastrando. Enfrentamientos. Retenes. Caminos intransitables. Cobro de cuotas. Servicios limitados. Militares que solamente observan. Programas sociales que funcionan a medias. Desesperación. Resignación. Promesas incumplidas

El Padre Gil se ha hecho visible en la esfera pública por su permanente participación en las mesas de diálogo con el Gobierno Federal, pero también en los llamados constantes que hace a los medios de comunicación para denunciar situaciones de violencia y en ocasiones ha tenido que protestar cuando los compromisos no aterrizan en el municipio.

No hay vuelta atrás. Ante las arbitrariedades, dice que ya no pueden agachar la cabeza. No cree en la utopía de que alguien llegará a este punto del estado para regalarles la paz. Habla de lucha y de resistencia. En todos estos años, enumera que han pasado por el enojo, la frustración y la ira. Ahora, asegura, solamente les queda una sola cosa: la valentía.

Morelia, Mich (OEM-Infomex).- Al primer balazo la adrenalina se activó en el cuerpo. El padre Javier Cortés se encontraba celebrando misa en una comunidad del municipio de Tepalcatepec cuando un enfrentamiento entre cárteles del crimen organizado comenzó a las afueras de la capilla. Los niños lloraban confundidos, las mujeres corrían tratando de escapar y los gritos desesperados rebotaban entre los muros. En medio del altar, el clérigo trataba de calmar la situación a través de las palabras: “Si salen es peor, estamos más seguros aquí”. La realidad, es que en su interior también había temor y el hervor en la sangre era incontrolable.

Ser sacerdote en Michoacán no se parece en nada a serlo en cualquier otra parte del país. Javier Cortés nació y creció en Coalcomán. Fue ahí, dice, donde aprendió desde niño a controlar el miedo, cuando saliendo del colegio corría hacia los campos y observaba a la distancia cómo se daba el intercambio de dinero por marihuana.

Desde hace cinco años cumple con sus obligaciones pastorales en el municipio de Tepalcatepec, territorio marcado por el narcotráfico, la violencia y los desplazamientos forzados. Con todo y sus particularidades, reconoce que cuando se le envió a esta zona del estado nunca se imaginó que su activismo social tendría que trascender más allá de atender enfermos y a personas con necesidades económicas.

“Era imposible visualizarlo así. Antes acá, hace 38 años, los grupos eran distintos. Sabíamos quiénes llevaban droga, pero eran tipos que no se metían con nadie si tú no lo hacías. Esta situación ya es demasiado, es desalentador en el sentido de que no vemos una solución”.

Ahora mismo, en la demarcación el Ejército se ubica en cuatro puntos estratégicos, lo que ha permitido que cesen los enfrentamientos. Se trata de una tensa calma. Hace unos meses el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) intentó amedrentar a los pobladores con ataques perpetrados con drones y lo consiguieron: los desplazados no han podido retornar a las comunidades más lejanas.

Mientras la incertidumbre reina por la región al no saber cuánto tiempo el Estado estará haciendo presencia con sus cuerpos de seguridad, Javier Cortés explica que su misión seguirá siendo la de ayudar. Su papel como gente de la Iglesia está focalizado a acercarse a aquel que perdió sus tierras, sus animales y a acompañar cuando el dolor y la muerte regresen al municipio

En lo inmediato, comparte que comenzará con una nueva colecta de despensas y ropa. También le gusta pensar en que llegará el día en que las comunidades se van a hermanar como nunca gracias a un pasado negro que se fue. Le gusta la palabra "futuro".

Yo no soy bueno para esto

El padre Jorge Luis Martínez advierte que hilar ideas no es lo suyo. En un tono de sinceridad e incredulidad, comparte que jamás se imaginó dar entrevistas a periodistas, salir en televisión y mucho menos hacer gestiones ante autoridades gubernamentales.

“Pero alguien tenía que hacerlo”, expresa como dando a entender que no había más opciones. Hace cuatro años que ofrece sus servicios espirituales en Coalcomán. A su llegada, se encontró con crueldad e injusticia.

Las actividades de Jorge Luis inician temprano para poder cumplir con las responsabilidades pastorales. En medio de sus tareas cotidianas, se ha dado el espacio para entablar diálogo con las autoridades y poder manifestarles las necesidades de la comunidad. Lo que sigue es lo de siempre: tristeza, angustia, coraje y decepción.

“Siempre nos dicen que tengamos paciencia y al final no hacen nada. Es una angustia tremenda ver que lo que nos prometen nunca se lleva a cabo, solamente parece que nos escuchan, pero en realidad sólo se trata de atole con el dedo”.

Foto: Rodrigo Caballero | El Sol de Morelia

Ser sacerdote en Michoacán también implica conocer cómo operan los grupos delincuenciales y detectar los daños colaterales que se generan. En la zona de Tierra Caliente la palabra "estabilidad" es frágil y engañosa. Hace algunas semanas que Coalcomán ya no aparece en las portadas de los diarios nacionales, pero para Jorge Luis eso no significa nada.

Recientemente una corporación bancaria decidió retirarse del municipio y para el Padre eso solamente puede tener una lectura: “Quiere decir que vivimos en una situación insana, donde no se prevé una solución al corto plazo y por ello se vuelve insostenible mantener una sucursal”.

Jorge Luis Martínez insiste en que él no es bueno para ser activista social, lo suyo, argumenta, fue un accidente provocado por la inexplicable violencia de la región. Pero esa aceptación no se traduce en un abandono. Relata que él no acude a las comunidades a llevar propuestas como lo hacen los gobiernos en turnos. Si va, aclara, es para acompañar. En este proceso, se enorgullece de haber aprendido lo que se puede lograr cuando se escucha al de enfrente.

Lo que nos queda

Gilberto Vergara se ordenó como sacerdote en el año 2001 en el municipio de Apatzingán y desde entonces ya sabía que su diócesis era de las más complejas de Michoacán. El camino no sería sencillo. Pronto comprobaría sus predicciones, cuando fue enviado a Tumbiscatío, justo en la época en que Servando Gómez, alias La Tuta, imponía su reino templario.

Por aquellos años, tenía claro el mapa delincuencial que operaba en la Tierra Caliente, así como la siembra indiscriminada de marihuana que poblaba la sierra michoacana. Era cosa de tiempo para que los grupos del crimen organizado explotaran y también era cosa de tiempo para que el Padre Gil se convirtiera en un activista obligado.

En enero del 2022 cumplirá tres años estando al frente de la parroquia de Aguililla, municipio al que identificó desde su llegada como zona de conflicto y violencia; pero también de gente trabajadora que se las busca todos los días para trata de salir adelante, o eso que llaman sobrevivir.

Foto: Iván Arias | El Sol de Morelia

“Yo me imaginé al ordenarme que tenía que enfrentar los problemas de cada lugar y conforme fue avanzando los años, supe que es lo que se debe hacer. Hago lo que me toca, más allá no se puede, como sacerdote nos toca ver por las personas, pues aunque ciertamente nuestro oficio es estar dedicado a la cura de almas, esto también tiene que ver mucho con el bienestar de las comunidades”.

Para Aguililla, este año ha sido el resumen de todo lo negativo que ya se venía arrastrando. Enfrentamientos. Retenes. Caminos intransitables. Cobro de cuotas. Servicios limitados. Militares que solamente observan. Programas sociales que funcionan a medias. Desesperación. Resignación. Promesas incumplidas

El Padre Gil se ha hecho visible en la esfera pública por su permanente participación en las mesas de diálogo con el Gobierno Federal, pero también en los llamados constantes que hace a los medios de comunicación para denunciar situaciones de violencia y en ocasiones ha tenido que protestar cuando los compromisos no aterrizan en el municipio.

No hay vuelta atrás. Ante las arbitrariedades, dice que ya no pueden agachar la cabeza. No cree en la utopía de que alguien llegará a este punto del estado para regalarles la paz. Habla de lucha y de resistencia. En todos estos años, enumera que han pasado por el enojo, la frustración y la ira. Ahora, asegura, solamente les queda una sola cosa: la valentía.

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