/ sábado 6 de julio de 2019

“El beisbol es la mejor herencia”

Manuel Alvarado Pineda o Venancio, como lo conocen en su barrio, habla con El Sol de Morelia acerca de su pasión por la pelota caliente 

MORELIA, Mich. (OEM-Infomex).- El diamante estaba en su punto máximo. En una de esas tardes calurosas como las que se acostumbran en Tamaulipas, el partido era más disputado de lo previsto; en el momento más crítico le llegó el turno de batear a un joven que no rebasaba los 20 años de edad.

No había margen de error. En su bate recaía la responsabilidad del partido y de toda una temporada, pero erró; la presión lo sofocó y aunque logró conectar con todas sus fuerzas la pelota ésta fue capturada en el jardín central. La derrota caló hondo en todo el equipo.

Pero ahí no terminó, todavía vendría lo peor. Por la noche una noticia dejó atónitos a todos los beisbolistas de la zona, aquel joven que soñó con llevarse la gloria gracias a sus jonrón, no pudo soportar la idea de tener que aceptar el fracaso. Llegó a su casa y luego de cenar algo ligero buscó su arma y sin más decidió que lo mejor era darse un tiro en la cabeza.


Manuel Alvarado Pineda o Venancio, como lo conocen en su barrio, vivió ese momento.

“En el beisbol se llora de alegría y de tristeza”, dice al admitir que en aquella noche entendió que en el llamado “Rey de los deportes” lo que sobraban eran las anécdotas duras, difíciles de digerir.

A sus 70 años de edad y con un amplio kilometraje ya recorrido por las canchas del país, Venancio explica que no hay mito más grande en el mundo que creer que el beisbol es un deporte frío, “de verdad que es algo caliente, son incontables las peleas que me tocó presenciar en una cancha”.

En una habitación donde almacena bates, cascos, pelotas, petos, rodilleras, manoplas y fotografías relata a El Sol de Morelia que su historia en el beisbol inició en el municipio de Minatitlán, Veracruz. Con apenas ocho años de edad se integró a una escuela para comenzar a practicar. Dos años más tarde ya estaba compitiendo en la Liga Infantil, siempre de cácher o ubicado en el jardín derecho.


Se trata de uno de los deportes tradicionales, no hay nada como ir a un campo; pero también esta disciplina te enseña a ser un humano en toda la extensión de la palabra, a no ser grosero, a priorizar la cordialidad y sobre todo, a ser alguien sano en tus hábitos

Si se le cuestiona sobre algún partido especial a Venancio, le cuesta trabajo elegir alguno. Lo mismo celebra en su memoria aquella temporada en que fue el mejor robador de bases dentro de la Liga Pony, que el primer título obtenido en Michoacán con el equipo Tarascos.

Y es que el veracruzano siempre soñó con llegar a las ligas mayores. A eso de los 16 años de edad logró consolidarse en la Primera Fuerza, presume que el beisbol le permitió pisar diamantes de Veracruz, Oaxaca, Tabasco, San Luis Potosí, Tamaulipas, Sinaloa, Sonora, Guanajuato, Jalisco y Nayarit; pero no sólo eso, también asegura que su primer vehículo lo pudo comprar con el dinero que ganó ponchando bateadores.

Narra que había días en que la paga no pasaba de los 500 pesos, pero otras veces llegaban a ganar hasta cinco mil pesos, “sólo hubo una vez que no me pagaron, estábamos en Paseo del Grande, toqué la pelota y corrí a primera base, pero entonces escuché que alguien gritó out y cometí el error de regresarme… me regañaron y ese día no cobré”.


Sin embargo, reconoce que con el pasar de los partidos se percató de que el talento no le daba para más y a los 25 años admitió la derrota definitiva; sabía que no iba a poder llegar a las Grandes Ligas; fue entonces que decidió retirarse y trasladarse a Michoacán a vivir.

LA CIENCIA DE LA PELOTA CALIENTE

No tuvo tiempo siquiera de pensar en otra alternativa de vida. Era la década de los 80 y un mediodía cualquiera acudió al Estadio Francisco Villa, ahí observó a un equipo de veteranos en el campo. Lo primero que se le vino a la mente era que “si ellos podían, él también”, así fue como se integró a Tarascos, el primero de muchos equipos en más de 40 años.

Venancio se asume como aficionado y fiel admirador de todos los equipos de las Grandes Ligas, no tiene favorito alguno; exclama con orgullo que todos los beisbolistas son sus dioses. Considera que sin excepción, todos ellos lucharon y se esforzaron para llegar a donde están.

Fue precisamente la visión del sacrificio la que le hizo alternar su vida de jugador con la de formador. “Es una manera de regresarle al beisbol todo lo que me ha dado” expresa. Con cientos de niños a su cargo en todos estos años refiere que siempre ha buscado inculcarles valores que los hagan ser seres creativos, pensantes y sanos.

“Si ellos tienen estas tres características yo te aseguro que van a conseguir todas las satisfacciones que quieran. Ya en la parte deportiva, mi principal consejo es que nunca pierdan de vista la pelota porque se pueden lastimar, así vayan a tomar un refresco, jamás deben dejar de mirarla”.


Dentro de su experiencia como entrenador, recuerda con cariño aquel equipo que conformó en el municipio de Cuitzeo, donde tres niños fueron canalizados por visores que provenían directamente de la liga de los Estados Unidos.

Cuando Venancio habla de beisbol, trata de no dejar pasar detalle alguno, busca ser lo más minucioso posible, y es que para él se trata del deporte más complejo del mundo. “Es arte, pero también es técnico, científico, matemático y difícil de descifrar”.

Argumenta que ni el propio Albert Einstein fue capaz de darle a una explicación a lo que sucedía en el campo, ya que señala que la máxima es que dos cosas nunca son iguales.

Existen 280 reglas en el libro de este deporte, pero se trata de una obra tan parecida a ‘La Biblia’ porque tú lees un versículo y te manda a otra página; algo similar sucede en el beisbol

Aunque es crítico con el beisbol michoacano, por calificarlo como el peor organizado de todo el país, el veterano deportista se siente agradecido con las satisfacciones que le ha dejado el poder jugar en el estado. Se enorgullece de conocer a cada uno de los beisbolistas que se tienen en los diferentes municipios.


Habla de las deudas pendientes que tiene, como la de aquel viejo amigo de nombre Jesús Ruiz, quien le pidió que al fallecer esparciera sus cenizas desde lo más alto del Francisco Villa. Han pasado siete años desde su muerte y Venancio sigue tratando de convencer a su familia para que acceda a la petición.

Insiste que en el “Rey de los deportes” se llora de alegría y tristeza, pero en su caso afirma que son pocos los malos momentos que ha tenido. El bate y la pelota han formado su círculo familiar; comparte cómo su padre jugó de manera profesional, las tardes en que su tío robó todas las bases, la manera en que sus hermanos impedían a toda costa los jonrón de los rivales y cómo sus sobrinos trataban de lanzar las mejores bolas al cácher.

Venancio confía en que esta tradición de llanos, diamantes, caretas, pelotas y jerseys continuará con su nieto. Dice que el beisbol es la mejor herencia.

MORELIA, Mich. (OEM-Infomex).- El diamante estaba en su punto máximo. En una de esas tardes calurosas como las que se acostumbran en Tamaulipas, el partido era más disputado de lo previsto; en el momento más crítico le llegó el turno de batear a un joven que no rebasaba los 20 años de edad.

No había margen de error. En su bate recaía la responsabilidad del partido y de toda una temporada, pero erró; la presión lo sofocó y aunque logró conectar con todas sus fuerzas la pelota ésta fue capturada en el jardín central. La derrota caló hondo en todo el equipo.

Pero ahí no terminó, todavía vendría lo peor. Por la noche una noticia dejó atónitos a todos los beisbolistas de la zona, aquel joven que soñó con llevarse la gloria gracias a sus jonrón, no pudo soportar la idea de tener que aceptar el fracaso. Llegó a su casa y luego de cenar algo ligero buscó su arma y sin más decidió que lo mejor era darse un tiro en la cabeza.


Manuel Alvarado Pineda o Venancio, como lo conocen en su barrio, vivió ese momento.

“En el beisbol se llora de alegría y de tristeza”, dice al admitir que en aquella noche entendió que en el llamado “Rey de los deportes” lo que sobraban eran las anécdotas duras, difíciles de digerir.

A sus 70 años de edad y con un amplio kilometraje ya recorrido por las canchas del país, Venancio explica que no hay mito más grande en el mundo que creer que el beisbol es un deporte frío, “de verdad que es algo caliente, son incontables las peleas que me tocó presenciar en una cancha”.

En una habitación donde almacena bates, cascos, pelotas, petos, rodilleras, manoplas y fotografías relata a El Sol de Morelia que su historia en el beisbol inició en el municipio de Minatitlán, Veracruz. Con apenas ocho años de edad se integró a una escuela para comenzar a practicar. Dos años más tarde ya estaba compitiendo en la Liga Infantil, siempre de cácher o ubicado en el jardín derecho.


Se trata de uno de los deportes tradicionales, no hay nada como ir a un campo; pero también esta disciplina te enseña a ser un humano en toda la extensión de la palabra, a no ser grosero, a priorizar la cordialidad y sobre todo, a ser alguien sano en tus hábitos

Si se le cuestiona sobre algún partido especial a Venancio, le cuesta trabajo elegir alguno. Lo mismo celebra en su memoria aquella temporada en que fue el mejor robador de bases dentro de la Liga Pony, que el primer título obtenido en Michoacán con el equipo Tarascos.

Y es que el veracruzano siempre soñó con llegar a las ligas mayores. A eso de los 16 años de edad logró consolidarse en la Primera Fuerza, presume que el beisbol le permitió pisar diamantes de Veracruz, Oaxaca, Tabasco, San Luis Potosí, Tamaulipas, Sinaloa, Sonora, Guanajuato, Jalisco y Nayarit; pero no sólo eso, también asegura que su primer vehículo lo pudo comprar con el dinero que ganó ponchando bateadores.

Narra que había días en que la paga no pasaba de los 500 pesos, pero otras veces llegaban a ganar hasta cinco mil pesos, “sólo hubo una vez que no me pagaron, estábamos en Paseo del Grande, toqué la pelota y corrí a primera base, pero entonces escuché que alguien gritó out y cometí el error de regresarme… me regañaron y ese día no cobré”.


Sin embargo, reconoce que con el pasar de los partidos se percató de que el talento no le daba para más y a los 25 años admitió la derrota definitiva; sabía que no iba a poder llegar a las Grandes Ligas; fue entonces que decidió retirarse y trasladarse a Michoacán a vivir.

LA CIENCIA DE LA PELOTA CALIENTE

No tuvo tiempo siquiera de pensar en otra alternativa de vida. Era la década de los 80 y un mediodía cualquiera acudió al Estadio Francisco Villa, ahí observó a un equipo de veteranos en el campo. Lo primero que se le vino a la mente era que “si ellos podían, él también”, así fue como se integró a Tarascos, el primero de muchos equipos en más de 40 años.

Venancio se asume como aficionado y fiel admirador de todos los equipos de las Grandes Ligas, no tiene favorito alguno; exclama con orgullo que todos los beisbolistas son sus dioses. Considera que sin excepción, todos ellos lucharon y se esforzaron para llegar a donde están.

Fue precisamente la visión del sacrificio la que le hizo alternar su vida de jugador con la de formador. “Es una manera de regresarle al beisbol todo lo que me ha dado” expresa. Con cientos de niños a su cargo en todos estos años refiere que siempre ha buscado inculcarles valores que los hagan ser seres creativos, pensantes y sanos.

“Si ellos tienen estas tres características yo te aseguro que van a conseguir todas las satisfacciones que quieran. Ya en la parte deportiva, mi principal consejo es que nunca pierdan de vista la pelota porque se pueden lastimar, así vayan a tomar un refresco, jamás deben dejar de mirarla”.


Dentro de su experiencia como entrenador, recuerda con cariño aquel equipo que conformó en el municipio de Cuitzeo, donde tres niños fueron canalizados por visores que provenían directamente de la liga de los Estados Unidos.

Cuando Venancio habla de beisbol, trata de no dejar pasar detalle alguno, busca ser lo más minucioso posible, y es que para él se trata del deporte más complejo del mundo. “Es arte, pero también es técnico, científico, matemático y difícil de descifrar”.

Argumenta que ni el propio Albert Einstein fue capaz de darle a una explicación a lo que sucedía en el campo, ya que señala que la máxima es que dos cosas nunca son iguales.

Existen 280 reglas en el libro de este deporte, pero se trata de una obra tan parecida a ‘La Biblia’ porque tú lees un versículo y te manda a otra página; algo similar sucede en el beisbol

Aunque es crítico con el beisbol michoacano, por calificarlo como el peor organizado de todo el país, el veterano deportista se siente agradecido con las satisfacciones que le ha dejado el poder jugar en el estado. Se enorgullece de conocer a cada uno de los beisbolistas que se tienen en los diferentes municipios.


Habla de las deudas pendientes que tiene, como la de aquel viejo amigo de nombre Jesús Ruiz, quien le pidió que al fallecer esparciera sus cenizas desde lo más alto del Francisco Villa. Han pasado siete años desde su muerte y Venancio sigue tratando de convencer a su familia para que acceda a la petición.

Insiste que en el “Rey de los deportes” se llora de alegría y tristeza, pero en su caso afirma que son pocos los malos momentos que ha tenido. El bate y la pelota han formado su círculo familiar; comparte cómo su padre jugó de manera profesional, las tardes en que su tío robó todas las bases, la manera en que sus hermanos impedían a toda costa los jonrón de los rivales y cómo sus sobrinos trataban de lanzar las mejores bolas al cácher.

Venancio confía en que esta tradición de llanos, diamantes, caretas, pelotas y jerseys continuará con su nieto. Dice que el beisbol es la mejor herencia.

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