/ sábado 16 de noviembre de 2019

Hace 18 años un rayo enlutó al futbol estatal

El 7 de septiembre de 2001 una descarga eléctrica causó una tragedia en los canchas de la Unidad Deportiva Cuauhtémoc: seis jóvenes futbolistas dejaron de jugar al balompié para siempre

Morelia, Michoacán (OEM-Infomex).- Basta con que caigan las primeras gotas de lluvia y se vislumbren algunos relámpagos en el cielo para que a Jaime Ponce de León Rivera todavía le recorra un escalofrío por el cuerpo. Ya pasaron 18 años, pero hay cosas que no se olvidan y que por fortuna también se pueden contar.

Aquella parecía una tarde normal. Como todos los días, los integrantes de las Fuerzas Básicas de Monarcas llegaron a las canchas de la Unidad Deportiva Cuauhtémoc dispuestos a entrenar. Se congregaron a las afueras de la combi de utilería donde bromeaban entre ellos, hablaban de lo más interesante que les había ocurrido en la secundaria y soñaban como todos los días con alcanzar el debut en Primera División.

Aquel 7 de septiembre de 2001 pintaba para ser un entrenamiento más, pero una caprichosa lluvia decidió lo contrario. Un rayo que fue a caer directo a un árbol donde se refugiaban los futbolistas acabó de forma instantánea con la vida de Jaime David Blancas Hernández, Rafael Arturo Estrada Campa, José Alonso Torres García, Enrique Barriga Herrera, Carlos Mora Villalón y Josué Estrada Pérez.

Pero hubo sobrevivientes y Jaime es uno de ellos. Ahora, padre de familia de dos niñas, maestro y entrenador de futbol, a sus 32 años sigue teniendo viva aquella experiencia en la que todavía no entiende por qué salió con vida. Dice que simplemente el destino no quiso que estuviera del otro lado de la moneda.

“Recuerdo que empezó a llover y algunos se resguardaron en la combi, los demás corrimos hacia el árbol y como dos días antes había caído un aguacero marca diablo sin que pasara nada, se nos hizo fácil protegernos en ese lugar. Lo último que tengo en mi memoria de ese momento es la ubicación de algunos de mis compañeros, después ya no supe más hasta que desperté en la ambulancia”.

El traslado al hospital no fue sencillo. Relata Jaime que le llovían preguntas de rutina por todos lados, pero él no quería saber nada, estaba fuera de sí, totalmente desesperado y con la intención de ponerse de pie. Evidentemente no lo consiguió y le sobrevinieron ligeros ataques respiratorios.

Cuando por fin lo pudieron controlar y estabilizar, ya se encontraba postrado en una camilla del IMSS. A su lado estaban los otros tres sobrevivientes, quienes fueron incapaces de responder las preguntas que Jaime les lanzaba de forma desesperada. “¿Cómo están?” les insistía, pero nada. En los ojos de sus compañeros sólo había shock.

Por aquellos años, pocas eran las personas que ya contaban con un teléfono celular, por lo que la incomunicación fue una tortura para los familiares de las víctimas. Se hablaba de fallecidos, pero nadie atinaba a dar nombres. Todo eran rumores, versiones extraoficiales y noticieros de último momento.

“Mi madre estaba en una junta escolar cuando la directora le informó de lo sucedido, hubo especulaciones por varios minutos, hasta que un tío logró contactar con ella para informarle que yo estaba vivo. Recuerdo que cuando me vio por primera vez en el hospital, su rostro era de dolor y sólo se limitó a abrazarme mientras lloraba”.

Cuando la familia de Jaime por fin se animó a informarle que seis de sus compañeros habían fallecido, comparte que experimentó un dolor que hasta el día de hoy no ha podido erradicar del todo. Con apenas 14 años de edad, el impacto lo superó. Asegura que se trata de una historia que le sigue costando creer a quien la escucha.

Jaime jugó algunos años más en las diferentes divisiones de Monarcas, luego no le alcanzó y se despidió del sueño de ser profesional. Pero lejos de sentirse frustrado, se enorgullece de haber encontrado su futuro y su proyecto de vida en la docencia, siempre relacionándose con el mundo del futbol.

Le gusta pensar que por algo se quedó en esta vida. Que ahora su destino es dejar huellas y bases en los niños que pasan por sus entrenamientos. Aquel 7 de septiembre cambiaron muchas cosas, pero también ganó otras, como aquel apodo que lo hizo famoso y generó eco en las escuelas de la ciudad casi como una leyenda urbana: “El Milagrito”.


OTRA OPORTUNIDAD

Creer. A Óscar González Gómez le costaba creer que sus compañeros habían muerto, pero más impresionante le parecía saberse vivo. El rayo le entró por la cadera izquierda y le salió por el talón derecho. Estuvo grave, al grado de que se le pudo haber esfumado la vida camino al hospital.

No recuerda absolutamente nada. En un segundo se vio debajo del árbol y al otro en una cama del hospital frente a sus padres, quienes lo miraban sorprendidos y con fe al mismo tiempo. Cuatro días de hospitalización y tres meses de rehabilitación fue el saldo que Óscar tuvo que afrontar.

Cuando se le pregunta sobre aquel 7 de septiembre, se esfuerza y trata de regresar el cassete. Peros los esfuerzos son en vano, dice no haber visto ni sentido nada. “Me parece que sólo se escuchaba una ambulancia a lo lejos”, refiere como el más profundo de los recuerdos.

Tras el accidente, Óscar nunca volvió a jugar en las mismas canchas. Regresó a su ciudad natal Toluca y ahí comenzó una carrera con los Diablos Rojos. Alcanzó a tener algunos entrenamientos con el primer equipo y una pretemporada con Mexiquense en la Liga de Ascenso, posteriormente defendió la camiseta de los Potros UAEM por cinco años en la Segunda División.

Aunque su etapa como futbolista profesional terminó sin llegar a primera, Óscar no se dejó de involucrar en el deporte y actualmente funge como auxiliar técnico de la Tercera División de los Potros UAEM.

A 18 años de la tragedia, se dice agradecido de la segunda oportunidad que la vida le dio. “Afortunadamente no fui de esos niños”, reflexiona al tiempo que asegura que trata de aprovechar cada uno de sus días.

Hace algunos años visitó Morelia y se dio el tiempo de pasar por aquellas canchas y estatuas que se montaron en honor a sus compañeros. Reconoce que una especie de nostalgia le invadió el alma y no pudo evitar llorar por algunos minutos. Eran sentimientos encontrados, pensaba en sus amigos, pero también en que seguía vivo.

Óscar ignora que las estatuas de sus compañeros fallecidos ya no existen más porque fueron robadas. Le doy la noticia y lo toma por sorpresa. Su reclamo inmediato es no entender por qué “estamos en una cultura equivocada”.

Se vuelve a lamentar para sí mismo y lo explica como si el resto del mundo no lo entendiera: “Se trataba de un homenaje para ellos, un reconocimiento. Estamos perdidos de verdad”. De nueva cuenta, a Óscar le cuesta creer.

ADIÓS, HERMANO

“¿Dónde está Jaime?” preguntaba de forma desesperada Sergio Alejandro Blancas Hernández. Apenas estaba reaccionado dentro de la ambulancia, cuando el nombre de su hermano le saltó a la cabeza. Nadie sabía qué responderle.

Sergio y Jaime formaban parte del mismo equipo, el primero se desenvolvía más en la delantera, mientras que de su hermano se hablaban cosas muy buenas: era habilidoso, pensante con el balón, técnicamente muy dotado, con una visión única. En resumen, era un distinto dentro de la cancha.

Originario de Ciudad Hidalgo, Sergio fue de los más solitarios en el hospital. Su familia se demoró en llegar por obvias razones y él solo pensaba en cómo estaría Jaime. Fue su hermano mayor el encargado de darle la noticia. Jaime no había sobrevivido a la descarga eléctrica que le invadió el cuerpo.

Fue lamentable, pero en ese momento realmente no dimensioné lo que significaba, tenía 13 años; pero pasando el tiempo, se fue haciendo cada vez más difícil la pérdida, era mi compañero de toda la vida, siempre andábamos por todos lados juntos y ahí me di cuenta de lo que era estar sin él

Sergio siguió. No claudicó a su idea de ser futbolista, pese a que en algún momento su madre le sugirió tomar otro camino. Tras recorrer todas las categorías de las inferiores en Monarcas y el ascenso, en el año 2008 fue Luis Fernando Tena quien decidió debutarlo con el primer equipo. Era un sueño cumplido.

Pero como la pelota suele ser tan compleja como la vida misma, a Sergio le tocó “picar piedra” por todos lados. En México, pasó por los Venados de Mérida, Neza y Altamira dentro de la Liga de Ascenso. Al encontrar puertas cerradas, optó por aventurarse al futbol colombiano y guatemalteco, donde milita actualmente.

Cuando Sergio ha regresado a Morelia para visitar a su familia, le ha tocado pasar por las canchas donde vio por última vez a su hermano. Explica que las sensaciones desembocan en un recuerdo amargo, pues aunque aparentemente ha superado la pérdida física, reconoce que la huella de la tragedia y la tristeza siempre van estar ahí.

“Creo que no fue casualidad que yo siga aquí, hay un propósito en cada cosa que nos pasa como seres humanos, el mío era seguir con vida, formar una familia, ahora con una mayor madurez lo dimensiono de otra forma y solamente me queda estar agradecido con Dios”.

La carrera como futbolista de Sergio ha sido dura y con obstáculos. Pero asegura que no tiene un solo gramo de arrepentimiento, se siente igual de enamorado como desde aquellos entrenamientos que compartía con su hermano. Admite que ahora mismo quisiera regresar al futbol mexicano y retirarse con Monarcas. Colgar la camiseta en el vestidor y saber que el sueño de Jaime también se cumplió.

Morelia, Michoacán (OEM-Infomex).- Basta con que caigan las primeras gotas de lluvia y se vislumbren algunos relámpagos en el cielo para que a Jaime Ponce de León Rivera todavía le recorra un escalofrío por el cuerpo. Ya pasaron 18 años, pero hay cosas que no se olvidan y que por fortuna también se pueden contar.

Aquella parecía una tarde normal. Como todos los días, los integrantes de las Fuerzas Básicas de Monarcas llegaron a las canchas de la Unidad Deportiva Cuauhtémoc dispuestos a entrenar. Se congregaron a las afueras de la combi de utilería donde bromeaban entre ellos, hablaban de lo más interesante que les había ocurrido en la secundaria y soñaban como todos los días con alcanzar el debut en Primera División.

Aquel 7 de septiembre de 2001 pintaba para ser un entrenamiento más, pero una caprichosa lluvia decidió lo contrario. Un rayo que fue a caer directo a un árbol donde se refugiaban los futbolistas acabó de forma instantánea con la vida de Jaime David Blancas Hernández, Rafael Arturo Estrada Campa, José Alonso Torres García, Enrique Barriga Herrera, Carlos Mora Villalón y Josué Estrada Pérez.

Pero hubo sobrevivientes y Jaime es uno de ellos. Ahora, padre de familia de dos niñas, maestro y entrenador de futbol, a sus 32 años sigue teniendo viva aquella experiencia en la que todavía no entiende por qué salió con vida. Dice que simplemente el destino no quiso que estuviera del otro lado de la moneda.

“Recuerdo que empezó a llover y algunos se resguardaron en la combi, los demás corrimos hacia el árbol y como dos días antes había caído un aguacero marca diablo sin que pasara nada, se nos hizo fácil protegernos en ese lugar. Lo último que tengo en mi memoria de ese momento es la ubicación de algunos de mis compañeros, después ya no supe más hasta que desperté en la ambulancia”.

El traslado al hospital no fue sencillo. Relata Jaime que le llovían preguntas de rutina por todos lados, pero él no quería saber nada, estaba fuera de sí, totalmente desesperado y con la intención de ponerse de pie. Evidentemente no lo consiguió y le sobrevinieron ligeros ataques respiratorios.

Cuando por fin lo pudieron controlar y estabilizar, ya se encontraba postrado en una camilla del IMSS. A su lado estaban los otros tres sobrevivientes, quienes fueron incapaces de responder las preguntas que Jaime les lanzaba de forma desesperada. “¿Cómo están?” les insistía, pero nada. En los ojos de sus compañeros sólo había shock.

Por aquellos años, pocas eran las personas que ya contaban con un teléfono celular, por lo que la incomunicación fue una tortura para los familiares de las víctimas. Se hablaba de fallecidos, pero nadie atinaba a dar nombres. Todo eran rumores, versiones extraoficiales y noticieros de último momento.

“Mi madre estaba en una junta escolar cuando la directora le informó de lo sucedido, hubo especulaciones por varios minutos, hasta que un tío logró contactar con ella para informarle que yo estaba vivo. Recuerdo que cuando me vio por primera vez en el hospital, su rostro era de dolor y sólo se limitó a abrazarme mientras lloraba”.

Cuando la familia de Jaime por fin se animó a informarle que seis de sus compañeros habían fallecido, comparte que experimentó un dolor que hasta el día de hoy no ha podido erradicar del todo. Con apenas 14 años de edad, el impacto lo superó. Asegura que se trata de una historia que le sigue costando creer a quien la escucha.

Jaime jugó algunos años más en las diferentes divisiones de Monarcas, luego no le alcanzó y se despidió del sueño de ser profesional. Pero lejos de sentirse frustrado, se enorgullece de haber encontrado su futuro y su proyecto de vida en la docencia, siempre relacionándose con el mundo del futbol.

Le gusta pensar que por algo se quedó en esta vida. Que ahora su destino es dejar huellas y bases en los niños que pasan por sus entrenamientos. Aquel 7 de septiembre cambiaron muchas cosas, pero también ganó otras, como aquel apodo que lo hizo famoso y generó eco en las escuelas de la ciudad casi como una leyenda urbana: “El Milagrito”.


OTRA OPORTUNIDAD

Creer. A Óscar González Gómez le costaba creer que sus compañeros habían muerto, pero más impresionante le parecía saberse vivo. El rayo le entró por la cadera izquierda y le salió por el talón derecho. Estuvo grave, al grado de que se le pudo haber esfumado la vida camino al hospital.

No recuerda absolutamente nada. En un segundo se vio debajo del árbol y al otro en una cama del hospital frente a sus padres, quienes lo miraban sorprendidos y con fe al mismo tiempo. Cuatro días de hospitalización y tres meses de rehabilitación fue el saldo que Óscar tuvo que afrontar.

Cuando se le pregunta sobre aquel 7 de septiembre, se esfuerza y trata de regresar el cassete. Peros los esfuerzos son en vano, dice no haber visto ni sentido nada. “Me parece que sólo se escuchaba una ambulancia a lo lejos”, refiere como el más profundo de los recuerdos.

Tras el accidente, Óscar nunca volvió a jugar en las mismas canchas. Regresó a su ciudad natal Toluca y ahí comenzó una carrera con los Diablos Rojos. Alcanzó a tener algunos entrenamientos con el primer equipo y una pretemporada con Mexiquense en la Liga de Ascenso, posteriormente defendió la camiseta de los Potros UAEM por cinco años en la Segunda División.

Aunque su etapa como futbolista profesional terminó sin llegar a primera, Óscar no se dejó de involucrar en el deporte y actualmente funge como auxiliar técnico de la Tercera División de los Potros UAEM.

A 18 años de la tragedia, se dice agradecido de la segunda oportunidad que la vida le dio. “Afortunadamente no fui de esos niños”, reflexiona al tiempo que asegura que trata de aprovechar cada uno de sus días.

Hace algunos años visitó Morelia y se dio el tiempo de pasar por aquellas canchas y estatuas que se montaron en honor a sus compañeros. Reconoce que una especie de nostalgia le invadió el alma y no pudo evitar llorar por algunos minutos. Eran sentimientos encontrados, pensaba en sus amigos, pero también en que seguía vivo.

Óscar ignora que las estatuas de sus compañeros fallecidos ya no existen más porque fueron robadas. Le doy la noticia y lo toma por sorpresa. Su reclamo inmediato es no entender por qué “estamos en una cultura equivocada”.

Se vuelve a lamentar para sí mismo y lo explica como si el resto del mundo no lo entendiera: “Se trataba de un homenaje para ellos, un reconocimiento. Estamos perdidos de verdad”. De nueva cuenta, a Óscar le cuesta creer.

ADIÓS, HERMANO

“¿Dónde está Jaime?” preguntaba de forma desesperada Sergio Alejandro Blancas Hernández. Apenas estaba reaccionado dentro de la ambulancia, cuando el nombre de su hermano le saltó a la cabeza. Nadie sabía qué responderle.

Sergio y Jaime formaban parte del mismo equipo, el primero se desenvolvía más en la delantera, mientras que de su hermano se hablaban cosas muy buenas: era habilidoso, pensante con el balón, técnicamente muy dotado, con una visión única. En resumen, era un distinto dentro de la cancha.

Originario de Ciudad Hidalgo, Sergio fue de los más solitarios en el hospital. Su familia se demoró en llegar por obvias razones y él solo pensaba en cómo estaría Jaime. Fue su hermano mayor el encargado de darle la noticia. Jaime no había sobrevivido a la descarga eléctrica que le invadió el cuerpo.

Fue lamentable, pero en ese momento realmente no dimensioné lo que significaba, tenía 13 años; pero pasando el tiempo, se fue haciendo cada vez más difícil la pérdida, era mi compañero de toda la vida, siempre andábamos por todos lados juntos y ahí me di cuenta de lo que era estar sin él

Sergio siguió. No claudicó a su idea de ser futbolista, pese a que en algún momento su madre le sugirió tomar otro camino. Tras recorrer todas las categorías de las inferiores en Monarcas y el ascenso, en el año 2008 fue Luis Fernando Tena quien decidió debutarlo con el primer equipo. Era un sueño cumplido.

Pero como la pelota suele ser tan compleja como la vida misma, a Sergio le tocó “picar piedra” por todos lados. En México, pasó por los Venados de Mérida, Neza y Altamira dentro de la Liga de Ascenso. Al encontrar puertas cerradas, optó por aventurarse al futbol colombiano y guatemalteco, donde milita actualmente.

Cuando Sergio ha regresado a Morelia para visitar a su familia, le ha tocado pasar por las canchas donde vio por última vez a su hermano. Explica que las sensaciones desembocan en un recuerdo amargo, pues aunque aparentemente ha superado la pérdida física, reconoce que la huella de la tragedia y la tristeza siempre van estar ahí.

“Creo que no fue casualidad que yo siga aquí, hay un propósito en cada cosa que nos pasa como seres humanos, el mío era seguir con vida, formar una familia, ahora con una mayor madurez lo dimensiono de otra forma y solamente me queda estar agradecido con Dios”.

La carrera como futbolista de Sergio ha sido dura y con obstáculos. Pero asegura que no tiene un solo gramo de arrepentimiento, se siente igual de enamorado como desde aquellos entrenamientos que compartía con su hermano. Admite que ahora mismo quisiera regresar al futbol mexicano y retirarse con Monarcas. Colgar la camiseta en el vestidor y saber que el sueño de Jaime también se cumplió.

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