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Recordando a Jardiel Poncela

  • La Agenda de Romano

El excelente escritor, historiador y musicólogo (entre otras cosas) Franco Becerra nos regaló en el Noticiario BUENOS DÍAS SONORA de GRUPO LARSA este excelente cuento lleno de sutilezas y enseñanzas que aquí comparto con orgullo.                        

Amanecía en la ciudad de México con sus calles iluminadas por débiles bombillos, cuyos destellos se reflejaban en el empedrado de una noche de lluvia.

Entre la grasa y la estopa aquel hombre había trabajado toda la noche en dar los toques finales a una novedosa máquina que capturara la energía a su alrededor.

La exigencia era que no requiriera fuente eléctrica, ni hidráulica, ni de combustión.

Habían transcurrido largos meses para el  diseño y  la fabricación; accidentadas semanas de ensayo y error: el reto había sido mayúsculo, aunque por el rostro de satisfacción que mostraba esa madrugada, todo indicaba que la máquina estaba lista.

La exigencia de perfección hasta el mínimo detalle, le venía a Otto Muller  Aguilera por la herencia alemana que corría por sus venas.

Cansado y ojeroso desayunó frugalmente y se fue a dormir, pero no permaneció mucho tiempo en cama, pues con las conocidas ansias del nuevo inventor, a las 2:30  de la tarde salió a la calle con su aparato al que bautizó como “El  Stuka de la Roma”. 

Porqué debo decir -para redondear la imagen- que Otto era vecino de la muy pomposa colonia porfirista,  de la calle Antonio Ma. Anza número 42.

Por la lentitud del paso de Otto, calculé  que el armatoste que cargaba en su espalda pesaría  alrededor de 40 kilos.

Portaba un overol gris rata, un casco metálico, botas mineras y  en su mano derecha sostenía una manguera de caucho con una especie de trompa que recordaba el cañón de  un antiguo arcabuz. A su costado había instalado una manija rotatoria  que accionaba el mecanismo. Otto era un fornido mocetón, así que aquel ejercicio era pan comido.

Primero se escuchó un ronroneo, pero luego aquello  tomó fuerza y como si fuera una potente aspiradora,  a la distancia empezó a succionar toda la estupidez de los transeúntes.

Por la avenida Alvaro Obregón decenas de capitalinos  hacían cola para tomar el tranvía: unos con maletines sombrero y saco, otras con trenzas, mandiles y bolsas del mandado: sin darse cuenta eran despojados de su deplorable condición: nadie se salvaba de alimentar aquel aparato voraz.

Otto condujo su Coupé Nash modelo 47 hasta la calle de Donceles y  apuntó  su máquina en dirección  a un nutrido grupo de diputados que en corrillos bajaban por la escalinata del recinto camaral. 

El Stuka pegó un reparo como de mulo retobon que con aplomo dominó  su operador.

Otto revisó su manómetro y comprobó que el tanque del Stuka estaba lleno con la energía más abundante de la que se tuviera memoria.   

“ Ahh la estupidez humana – pensó para sí mismo-  qué maravilloso recurso”.

Primero en tanques perfectamente sellados y después en camiones cisterna, Otto inició la exportación internacional del producto cuyo nombre comercial era: Stupidity Non, sustancia gaseosa  que resultó  tan poderosa que podía mover, a precios irrisorios, las pesadas maquinarias  de las industrias de Chicago, Illinois.

Todo marchaba viento en popa  hasta que el Stuka de la Roma agotó  la estupidez de los millones de capitalinos y le fue imposible cumplir con los contratos firmados.

Cabizbajo se sentó en una banca de la Alameda Central, hasta donde llegó su amigo de la infancia Toño Cerra Quintero, a quien le contó su problema.

-“ Joder Otto: me extraña de ti, mira, esto es lo que debes hacer… “.

Toño le había dado la solución,  y con febril ahínco se dedicó a modificar ciertos mecanismos del  Stuka de la Roma.

En cinco días todo estaba listo: desde ese día  la máquina succionaría la envidia de entre las multitudes, y esa sí que campeaba alegre por todo el territorio nacional, tanto así que armado de cuadrillas de Stukas reloaded que envió a cada rincón del territorio nacional, recobró a los clientes de la  Ciudad de los vientos, amplió sus mercados a  Detroit y  Los Angeles, con lo que Otto Muller  se posicionó como el más próspero industrial de toda América Latina.   

Quién lo hubiera imaginado: todo gracias  a saber escuchar, a  la bendita envidia y  a una pizca de ingenio alemán.