/ jueves 20 de diciembre de 2018

Golpe de Timón

La polarización persistente aflora por todos los poros de nuestro país, el diálogo de sordos se convirtió en una constante para que llegara la pirotecnia discursiva a todo lo que da; en una esquina los que defienden con todo al Presidente Andrés Manuel López Obrador y en la otra los que lo descalifican prematuramente. No es el mejor clima político, ni han sido las más adecuadas opciones porque las señales que se envían no son las mejores, México no es propiedad de ningún grupo porque es de todos.

Aún es temprano calificar una administración de unas cuantas semanas, hay quienes todo lo cuestionan y censuran, están en su derecho, aunque en muchos casos asomen muchas medias verdades.

Una mayoría de mexicanos estaba harta de los excesos de la clase política tradicional, la corrupción fue un potro desbocado que en el anterior sexenio no conoció freno alguno, la impunidad se regodeó sin restricciones. Ahora se habla de un nuevo régimen, pareciera que hay un interés no exento de demagogia que pontifica la reinvención de México, aunque no detallan cómo.

En días anteriores una turba esperaba la salida de los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación para agredirlos, los quejosos tenían no un discurso de reprobación contra los altos sueldos de la élite de la judicatura sino todas las ofensas para proferir y así fue. El vocero de la Corte fue la víctima, esa estampa resulta inadmisible, eso ni es un botón de muestra de la democracia ni camina en dirección a los cauces legales, eso parece más un linchamiento.

Si los problemas de México se resolvieran a mentadas de madre y una cantidad industrial de injurias ya estaríamos del otro lado, sólo que vivimos en un país que se presume de leyes y literalmente lo somos, sólo que no se aplican.

La responsabilidad de los liderazgos políticos es sumamente seria porque los desbordamientos no construyen paz social, la muchedumbre no puede sustituir a las instituciones y la neurosis no se distingue por dar buenos consejos.

Se habla de una presumible intención del Presidente López Obrador por avasallar a los otros poderes, particularmente el judicial, esperamos eso no sea verdad porque si algo incentiva a las democracias verdaderas son los contrapesos.

Algunos de los furibundos críticos de López Obrador carecen de memoria porque si hubo en el pasado quien socavó la independencia de los otros poderes fueron los presidentes de corte imperial de extracción priista, quienes se comportaban como monarcas que ejercían un modo autoritario que cancelaba de facto la democracia. Es conveniente volver a leer la historia reciente en una nación -la nuestra- agravada por la amnesia conveniente o inconveniente.

No es un buen tiempo para la confrontación cavernaria, es tiempo de la política en su más amplio significado, no ampararse en dogmas ni revanchas, menos aún caprichos. México está por encima de partidos, siglas o liderazgos y el bien colectivo es una sentida demanda que va más allá de las coyunturas posmodernas que suelen ser efímeras. (F)

La polarización persistente aflora por todos los poros de nuestro país, el diálogo de sordos se convirtió en una constante para que llegara la pirotecnia discursiva a todo lo que da; en una esquina los que defienden con todo al Presidente Andrés Manuel López Obrador y en la otra los que lo descalifican prematuramente. No es el mejor clima político, ni han sido las más adecuadas opciones porque las señales que se envían no son las mejores, México no es propiedad de ningún grupo porque es de todos.

Aún es temprano calificar una administración de unas cuantas semanas, hay quienes todo lo cuestionan y censuran, están en su derecho, aunque en muchos casos asomen muchas medias verdades.

Una mayoría de mexicanos estaba harta de los excesos de la clase política tradicional, la corrupción fue un potro desbocado que en el anterior sexenio no conoció freno alguno, la impunidad se regodeó sin restricciones. Ahora se habla de un nuevo régimen, pareciera que hay un interés no exento de demagogia que pontifica la reinvención de México, aunque no detallan cómo.

En días anteriores una turba esperaba la salida de los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación para agredirlos, los quejosos tenían no un discurso de reprobación contra los altos sueldos de la élite de la judicatura sino todas las ofensas para proferir y así fue. El vocero de la Corte fue la víctima, esa estampa resulta inadmisible, eso ni es un botón de muestra de la democracia ni camina en dirección a los cauces legales, eso parece más un linchamiento.

Si los problemas de México se resolvieran a mentadas de madre y una cantidad industrial de injurias ya estaríamos del otro lado, sólo que vivimos en un país que se presume de leyes y literalmente lo somos, sólo que no se aplican.

La responsabilidad de los liderazgos políticos es sumamente seria porque los desbordamientos no construyen paz social, la muchedumbre no puede sustituir a las instituciones y la neurosis no se distingue por dar buenos consejos.

Se habla de una presumible intención del Presidente López Obrador por avasallar a los otros poderes, particularmente el judicial, esperamos eso no sea verdad porque si algo incentiva a las democracias verdaderas son los contrapesos.

Algunos de los furibundos críticos de López Obrador carecen de memoria porque si hubo en el pasado quien socavó la independencia de los otros poderes fueron los presidentes de corte imperial de extracción priista, quienes se comportaban como monarcas que ejercían un modo autoritario que cancelaba de facto la democracia. Es conveniente volver a leer la historia reciente en una nación -la nuestra- agravada por la amnesia conveniente o inconveniente.

No es un buen tiempo para la confrontación cavernaria, es tiempo de la política en su más amplio significado, no ampararse en dogmas ni revanchas, menos aún caprichos. México está por encima de partidos, siglas o liderazgos y el bien colectivo es una sentida demanda que va más allá de las coyunturas posmodernas que suelen ser efímeras. (F)

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